Favorite Quote
Les dejo con dos de mis preferidos: Lilus Kikus y Siddhartha.
Definitivamente es mejor el libro completo que el fragmento, solo les comparto unas línea que me encantan...
"Lilus Kikus... Lilus Kikus... ¡Lilus Kikus, te estoy hablando!" Pero Lilus Kikus, sentada en la banqueta de la calle, está demasiado absorta operando a una mosca para oír los gritos de su mamá. Lilus nunca juega en su cuarto, ese cuarto que el orden ha echado a perder. Mejor juega en la esquina de la calle, debajo de un árbol chiquito, plantado en la orilla de la acera. De allí ve pasar a los coches y a las gentes que caminan muy apuradas, con cara de que van a salvar al mundo... En el rancho había hormigas, unas hormigas muy gordas. Lilus les daba a beber jarabe para la tos y les enyesaba las piernas fracturadas. Un día buscó en la farmacia del pueblo una jeringa con aguja muy fina, para ponerle una inyección de urgencia a Miss Lemon. Miss Lemon era un limón verde que sufría espantosos dolores abdominales y que Lilus inyectaba con café negro. Después lo envolvía en un pañuelo de su mamá; y en la tarde atendía a otros pacientes: la señora Naranja, Eva la Manzana, la viuda Toronja y don Plátano. Amargado por las vicisitudes de esta vida, don Plátano sufría gota militar, y como era menos resistente que los demás enfermos, veía llegar muy pronto el fin de sus días […]
[…] Un pobre señor chiquito dormía en el concierto. Un pobre señor chaparrito de sonora respiración. Dormía tristemente, con la cabeza de lado, inquieto por haberse dormido. Cuando el violín dejaba de tocar, el sueño se interrumpía y el señor levantaba tantito la cabeza; pero al volver el violín, la cabeza caía otra vez sobre su hombro. Entonces los ronquidos cubrían los pianísimos del violín. Esto irritaba a las gentes. Unas jóvenes reían a escondidas. Las personas mayores se embebían en la música, aparentando que no podían oír otra cosa. Sólo un señor y una señora (esos seres que se preocupan por el bienestar de la humanidad) le daban en la espalda, a pequeños intervalos, unos golpecitos secos y discretos. Y el pobrecito señor dormía. Estaba triste y tonto. Tonto porque es horrible dormirse entre despiertos. Triste porque tal vez en su casa la cama era demasiado estrecha, y su mujer en ella demasiado gorda. Y el sillón de pelusa que le servía de asiento en Bellas Artes, debió parecerle entonces sumamente cómodo. […]
[…] Lilus camina con un pie en el agua, y un pie en la arena seca... En la ciudad también camina así... Un pie arriba y otro abajo de la banqueta. Por eso anda siempre algo desnivelada. Mientras así se menea, Lilus sueña, y la arrulla ese modo de caminar como un barco... ...Sueña que posee un castillo. "La Castellana lejana." Por primera vez piensa en señores; hay muchos en la playa. Unos flaquitos como ratones con apretados trajes de baño. Otros gordos y colorados, brillantes de aceite. No le gustan a Lilus. Parecen grandes pescados rojos, en su desnudez escandalosa. Le recuerdan "Los romanos de la decadencia", un cuadro de carnicería que vio en el museo. Lilus sueña que se pasea con los perros de Ivar. Ivar es su marido. Ella anda descalza y oye el ruidito de la arena que cruje bajo sus pies. Está sola y tiene muchas ganas de revolcarse en la playa y de saltar muy alto e indecorosamente entre las olas. No puede resistir. Si su marido lo sabe, dirá que le hace falta ser más seria y más digna... (es un poco funcionario), y tal vez la amenace con encerrarla en un convento... Pero ella no le dejará acabar el regaño, le echará sus brazos de agua y de sal al cuello; le enseñará sus collares de conchas azules pequeñísimas, tan tiernas que se parecen a los párpados de los niños dormidos y los de conchas duras que parecen dientes de pescados sanguinarios... o le dirá que Dios ha hecho la naturaleza no solamente para verla sino para que vivamos en ella, y que cada quien tiene su ola y que por favor él escoja la suya, y que desde lo alto del cielo, Dios está viendo a sus hijos bañándose en el mar. Igual que una pata mira nadar a sus patitos... Y le dirá... Y lo dejará sin aliento y sin protestas... Lilus se despierta. Le acaban de gritar: "¡Ay, mamacita, quién fuera tren para pararse en tus curvas!" Eso le da en qué pensar. ¿Cuáles curvas? Lo de mamacita no le preocupa mucho, al fin y al cabo, ella no es la mamá del gritón. […]
[…]... Pero se encuentra con una manifestación. ¡Chole! ¿Por qué no dejan al mismo presidente y así se quitan de líos? Pero no. Es una manifestación de muchos Siete Machos, y uno de ellos está gritando: "La voluntad del pueblo... el futuro de México... nuestros recursos naturales... el bienestar..." Y Lilus piensa en el pueblo... ¿En dónde está? El pueblo anda vendiendo en inglés billetes de lotería, allá por Madero y San Juan de Letrán, comprando pulque en la Colonia de los Doctores y prendiendo veladoras en la Villa de Guadalupe. Lilus no es muy patriota, y lo sabe. En la escuela hay unos que pegan propaganda y otros que la despegan. Y según eso, hay mucho mérito en pegar y despegar. Lilus se limitó a preguntarle a uno de la Secundaria que con qué pegaban la propaganda, y él contestó: "Con la lengua, babosa". Por la noche, Lilus soñó, con remordimiento, que tenía una gran lengua rosada, y que con ella pegaba enormes carteles. A la mañana siguiente despertó con la boca abierta y la lengua seca. Lilus se cuela por entre los Siete Machos. […] De pronto, una ola de movimiento sacude la manifestación de los de buena voluntad en contra de los de voluntad dividida. Todos comienzan a hablar más fuerte. Hay unos cuantos gritos, y a Lilus se le ocurre gritar también: "¡Que viva don Cástulo Ratón!" Y ¡pum pas pum!, que le aceleran un guamazo por detrás. Algunos de los Siete Machos levantan del suelo una Lilus Kikus tiesa pero patriota. Una hora después toman su declaración a Lilus, que algo mustia contesta con voz temblorosa: "Pues al ver que los del colegio habían hecho tantas cosas, pensé que lo menos que podía yo hacer era pegar un gritito". Lilus se marcha a su casa, y por el camino se le ocurre que si le hubieran pegado más fuerte, a la mejor la mandan al hospital. Don Cástulo Ratón habría ido entonces a visitarla en un coche negro para ofrecerle la medalla ''Virtuti Lilus Kikus". […]
[…] Hoy no tiene nada qué hacer. ¡Qué bueno! Cuando Lilus no tiene nada qué hacer, no hace nada. Se sienta en el último peldaño de la escalera y allí se está mientras Aurelia hace la limpieza. Se abren muy grandes las ventanas, y el sol entra, y el polvo se suspende en cada rayo. Giran espirales de oro gris. Lilus sacude con sus manos las estrellitas de polvo, pero el sol las defiende y ellas vuelven a ocupar dócilmente su sitio en la espiral. Y allí siguen girando y calentándose en el rayo de luz. Lilus platica con Aurelia y le pregunta: "¿Cómo te da besos tu novio?" —"Besos chichos, niña, besos chichos"... Lilus se queda pensando en cómo serán los besos chichos... […]
[…] Desde el día de su primera comunión, Lilus pensó que Nuestro Señor bajaba a su alma en un elevadorcito instalado en su garganta. Nuestro Señor tomaba el elevador para bajar al alma de Lilus y quedarse allí como en un cuarto que le gustaba. Para que le gustara, ella tenía que prepararle una habitación bien amueblada. Los sacrificios de Lilus componían el ajuar. Un sacrificio grande era el sofá, otro la cama. Los sacrificios chicos eran solamente sillones, vasos de flores, adornos o mesitas. Una semana en que Lilus se dejó ir por completo, Nuestro Señor bajó al cuarto de su alma y lo encontró todo vacío. Tuvo que sentarse en el suelo, y que dormir en el suelo. Pero así como se queda uno impregnado de alguien, después de que ese alguien se va, así se quedaba Lilus, llena de Nuestro Señor, que había bajado a su alma en un elevadorcito... […]
[…] La Borrega para en seco toda la procesión y ante el estupor general, ejecuta un baile diabólico, entre charlestón y cancán, con grandes ademanes de espantapájaros y blandiendo una azucena desprestigiada... Y la imprevista danza macabra tiene en sus labios este acompañamiento musical en tonos agudos: ¿Qué más da? Yo no soy virgen... Zambumba Mamá la Rumba Mi azucena renegrida... Zambumba Mamá que zumba ¿Qué más da? […]
[…] "Jesusito, Jesusito, ya no siento mis pies. Creo que tengo uno de ellos en un ojo... una mano en la garganta, y mi estómago, ¿será la almohada?" El doctor tardaba en llegar con todos sus instrumentos. Lilus veía aparecer y desaparecer figuras en la bruma. Gigantes rojos que les preguntaban cosas a unos enanos verdes, para luego disolverse en formas descompuestas... Sapos y ranas saltaban por el cuarto. Se deslizaban entre las sábanas, y ella alargaba la mano para cogerlos. Pero ellos huían resbaladizos... "Jesús, Jesusito ¿Por qué fue usted a las bodas de Canaan, a esa fiesta de borrachos? ¿Por qué hizo usted ese milagro tan raro?" […]
[…] (Ocotlana echa a correr por el jardín). —Ándale vieja gacha, chismosa, cochina... ¿La lagartija...? ¿A dónde se fue la lagartija? Esa tonta de Ocotlana la espantó. ¡Ocotlana! Cada vez que habla, en la esquina de la boca le sale un hilito de saliva... Se atora las medias con una especie de nudo que se hace justamente detrás de las rodillas. Cuando se sube a los camiones entre la falda y la media resalta su carne blanca y blanda... ¡Lagartija, almita! ¿Dónde estás? Lagartija rosa, ¡te traje un pañuelo! Lilus se sube muy seguido a la tapia. Se sube porque desde allí puede asomarse al cuarto de un extraño señor que vive en los departamentos de al lado. El señor está sentado interminablemente ante una mesa de trabajo y hojea, grandes cantidades de libros envejecidos... El primer día Lilus se quedó observándolo durante una hora. Lo vió leer y releer sin moverse, como un adivino ante su bola de cristal... Después se levantó y se puso a establecer cosas y cosas en el aire, categorías y órdenes invisibles, con sus dos manos veloces y casi transparentes... Desde entonces Lilus volvió todos los días a su puesto de observación, a espiar una actividad tan incongruente. Hasta que no pudo más y se puso a aullar desde su tapia: "¡Señor del Cuatroooo, Señor del Cuatroooo!" Como no obtuvo respuesta recogió un puño de piedritas, y una por una las fue arrojando contra el cristal de la ventana. Pero nada. El señor del Cuatro ni se movía... Tenía la cabeza profundamente metida en un gran libro de pastas rojas. Debió creer que estaba cayendo granizo, y sin darse cuenta, incluyó a Lilus en el número de los meteoros... Completamente desesperada, Lilus pensó que la única solución era pedir auxilio y aumentar el calibre de los proyectiles... ¿Será sordomudo? "¡Señor del Cuatroooo! ¡Socorro! ¡S.O.S.! Y oh, sorpresa de sorpresas, cuando una de las pedradas de Lilus estuvo a punto de romper la ventana, el Señor del Cuatro volvió lentamente la cabeza, distrajo su mirada de los libros y la posó sobre Lilus... —Señor del Cuatro... (El señor abrió la ventana bombardeada.) —Perdone Señor del Cuatro, ¿no es de usted esta lagartija? —No, niña, no. Las lagartijas no son de nadie... —Pues como siempre está frente a su ventana, pues yo pensé que usted la sacaba a asolear... Y así fue como empezó la amistad de Lilus con el Señor del Cuatro. Tres veces por semana cuando menos, allí estaba Lilus en la tapia. El señor iba perdiendo el hilo de su lectura, abría la ventana y se encontraba con Lilus... […]
[…] ¡Un convento! Un convento de monjas. Lilus había visto horribles monjas en sus sueños. Caras de insensibilidad perfecta. Caras que ningún problema humano puede turbar. La inmovilidad de una cara es más terrorífica que las cicatrices y los ojos ciegos. Lilus veía a las monas de negro y con bigotes. Mujeres de piel seca y lenguas pálidas, que olían a quién sabe qué de muy rancio y viejito. Las imaginaba rezando triste y mecánicamente, como una sierra en un trozo de madera, mientras Jesús en el cielo sudaba de desesperación. Luego las oía en la escuela dictando máximas sentenciosas: "Un tesoro no es siempre un amigo pero un amigo es siempre un tesoro" y "No hay nunca rosas sin espinas ni espinas sin rosas..." ¡Qué asco! Y pensaba Lilus. "Mamá, yo no puedo ir al convento... ¡Mamita! ¿Cómo comen las monjas?" Las veía masticando un mismo pedacito de carne durante horas enteras, ella, ella que no puede soportar a las gentes que comen despacio. (En cambio, le gustan mucho los rusos que se tragan enteros los canapés de caviar). Pensaba que las monjas no la dejarían ir al campo, que ya no podría sentir el pasto frío bajo los pies, ni jugar con el agua verde y blanca y azul, ni aplastar zarzamoras en sus manos para luego ir diciendo que se había cortado... Ya no podría hacerse grandes heridas y cobrar por enseñarlas. Porque Lilus tenía la costumbre de caerse, y después del inevitable vendaje, iba con sus amigos —Si supieras qué feo me caí... —Enséñame, Lilus, no seas mala... —Enseño, pero cobro. —¿Cuánto? Te doy un beso o un diez (si era hombre). —Mejor el diez... Lilus despegaba lentamente la tela adhesiva, y después de falsificadas muestras de dolor aparecía una llanurita de rojos, negros y blancos... Y al recordar todo lo que no iba a tener ya, Lilus aulló: "¡Mamá, yo no me voy al convento..." […] ----------------------------------------
Siddhartha
[…] Le enseñó Kamala a no tomar un placer sin devolver otro; que cada caricia, cada contacto, cada mirada debían tener su razón, y que un secreto peculiar, cuyo descubrimiento significaba una alegría para quien poseía el arte de descubrirlo, se escondía en los más pequeños rincones del cuerpo. […]
[…]después de cada fiesta de amor, los amantes no debían separarse sin haberse admirado muetuamente, con la impresión de haber sido vencidos en la misma medida en que vencían; y que por sobre todo no se debía suscitar en la pareja ese desagradable sentimiento de saciedad desmedida y de abandono, que pudiera hacer creer en un abuso por parte de uno o de otro. […]
[…] el sentido y el saber no eran elementos que residían en algún lugar detrás de las cosas, sino que estaban en ellas mismas, en todo […]
[…] lo contrario de cada verdad es tan verdadera como la verdad misma […]
[…] la sabiduría nos se transmite, la ciencia que el sabio intenta comunicar suena siempre a locura […]
[…] en esa intimidad residían para el todo el valor y todo el sentido de la vida […]
|